Causas de la infelicidad

Manía persecutoria. La persona con manía persecutoria es del estilo: “Todos están en mi contra y quieren hacerme daño.” Creer esto obviamente hace infeliz a la persona, ya que es imposible ser feliz si sentimos que todo el mundo nos trata mal. Levanta sospechas que haya conocido a tanta gente mala que la ha hecho sufrir. Si alguien asegura ser víctima de maltrato universal, lo más probable es que la causa esté en ella misma.

Russell propone cuatro máximas para vacunarnos contra la manía persecutoria: Primera, recuerda que tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti; segunda, no sobrestimes tus propios méritos; tercera, no esperes que los demás se interesen por ti tanto como te interesas tú; y cuarta, no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte. Veamos cada una.
Primera. Hay que recelar de nuestras propias motivaciones, por muy nobles que nos parezcan. Sobre todo cuando nuestras motivaciones altruistas afectará la vida de otra(s) persona(s), ya que el o los afectados por nuestros nobles motivos, tienen tanto derecho como nosotros a tener su propia opinión sobre la clase de vida que les gustaría.

Segunda. Si una persona descubre que los demás no valoran sus cualidades, no hay que estar tan seguro de que son los demás los que se equivocan. Si alguien cree algo así, puede llegar a la certeza de que existe una conspiración para impedir que se reconozcan sus méritos. Y creer algo así, obviamente, acarrea infelicidad.

Tercera. En nuestro trato con la gente, y en especial con las personas más queridas, es importante recordar que ellas ven la vida desde su propio punto de vista y según afecte a su propio ego, y no desde nuestro punto de vista y según afecte a nuestro ego. No debemos esperar que ninguna persona altere el curso de su vida en beneficio de otro individuo.

Cuarta. La cuarta de las máximas afirma que hay que convencerse de que los demás pierden mucho menos tiempo pensando en nosotros que el que perdemos nosotros. Quien padece manía persecutoria imagina que todas las personas pasan mañana, tarde y noche maquinando maldades en su contra, como si esas personas no tuvieran sus propias ocupaciones e intereses.

Miedo a la opinión pública. La opinión pública puede resultar tiránica. Cuando una persona tiene gustos y convicciones que no coinciden con las ideas imperantes en el lugar donde vive, puede verse rechazado como un paria. Una persona, por ejemplo, nacida en una aldea rural se encontrará rodeada de hostilidad contra todo lo necesario para la excelencia mental. Este problema se da, sobre todo, en los jóvenes.
La opinión pública, desde luego, es más tiránica con los que la temen que con los que permanecen indiferentes a ella. Si alguien demuestra miedo, está ofreciendo una buena cacería, pero si te muestras indiferente empiezan a dudar de su propia fuerza y por tanto tienden a dejarte en paz. Esto se trata, desde luego, de rupturas suaves de lo convencional. No se refiere a casos extremos.

Si esto se hace de una manera alegre, espontánea, la gente terminará aceptándolo siempre que no haya una actitud desafiante. Sin embargo, este método es imposible para muchos, que acaban ganándose la antipatía del rebaño.

No hay que preocuparse mucho por la opinión pública: cuando el entorno es estúpido, lleno de prejuicios o cruel, no estar de acuerdo con él es un mérito.

Russell propone como regla básica respetar la opinión pública lo justo para no morirse de hambre o ir a la cárcel. Todo lo que pase este punto es someterse a una tiranía innecesaria. Pero desafiar a la opinión pública también es una forma, aunque retorcida, de estar sometido a ella. Por tanto, para Russell permanecer indiferente a ella es una fuerza y una fuente de felicidad. Una de las ventajas que ofrece la sociedad moderna, para neutralizar a la dictadura de la opinión pública, es que ahora resulta más fácil elegir a nuestras compañías en función de la afinidad y no de la proximidad geográfica.

El miedo a la opinión pública es opresivo y atrofia el desarrollo. Para ser feliz, es imprescindible que nuestra vida se base en nuestros propios impulsos y no en los gustos y deseos accidentales de los vecinos que nos ha deparado el azar, e incluso de nuestros familiares.

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