¿Es todavía posible la felicidad? Russell está convencido que sí. Y se halla en las cosas simples. Por ejemplo, en dejarse absorber por una afición. Russell imagina cuántas horas de felicidad puede depararnos el coleccionismo: por ejemplo porcelana antigua, cajas de rapé, monedas, puntas de flecha, utensilios de sílex. Y desde luego, cada uno de nosotros puede ampliar la lista con sus preferencias personales. El placer de Russell, nos cuenta, era “coleccionar” ríos: El Volga, el Yangtsé y lamentaba no haber visto y navegado aún el Amazonas y el Orinoco.

El problema ocurre cuando las aficiones no son un ingrediente básico para la felicidad si no un medio de escapar de la realidad, de olvidar por un momento un dolor demasiado difícil de afrontar.

A partir de este capítulo, el autor comienza a revelarnos las pistas de lo que constituye la felicidad básica: Un interés amistoso por las personas y las cosas.

El interés amistoso por las personas es una forma de afecto que busca una respuesta empática. Que nos guste la gente tal y como es, sin poner trabas a sus intereses y placeres, ni pretender ejercer poder sobre ellas, ni pretender ganar su admiración. El que te gusten muchas personas de manera espontánea y sin esfuerzo es, posiblemente, la mayor de todas las fuentes de felicidad personal.

El interés por las cosas se refiere a aquellas que no tienen que ver con nuestra circunstancia personal. Es disfrutar de una especie de excursión al mundo impersonal, con un interés amistoso. Esto proporciona un tipo de felicidad pasajera, pero auténtica.

Así, pues, para Bertrand Russell el secreto de la felicidad es: Que tus intereses sean los más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles.

Entusiasmo. El entusiasmo es el rasgo más universal y distintivo de las personas felices. Russell establece una comparación interesante entre comer-apetito y felicidad-entusiasmo. Lo que el apetito es con relación a la comida, lo es el entusiasmo con relación a la vida. El hombre al que le aburren las comidas es el equivalente de la persona infeliz. Cuantas más cosas le interesen a una persona, más oportunidades tendrá de ser feliz, ya que no tendrá una única fuente de felicidad, y si le falla una, siempre podrá recurrir a las otras. Así, pues, debemos interesarnos en tantas cosas como sea posible para llenar nuestra vida. Cuanto más apático e indiferente al mundo, mayor infelicidad.

Las personas con entusiasmo por la vida sacan provecho incluso de las experiencias desagradables, siempre que ello no perjudique seriamente su salud. Es imposible saber de antemano, qué cosas podrían entusiasmar a alguien, pero casi todos pueden interesarse mucho en una u otra cosa. Cuando eso sucede, la vida deja de ser tediosa. Y por supuesto, cuantas más cosas entusiasmen, mayores fuentes de interés.
Si nos interesamos en muchas cosas, evitamos que una sola pasión absorba todas las energías y nos impida disfrutar de la vida en su totalidad. Para que nos dé felicidad, una pasión debe ser compatible con la salud, el cariño de nuestros seres queridos y con el respeto de la sociedad en que vivimos. Pero las pasiones deben adaptarse a una cierta estructura sino queremos que se conviertan en fuente de sufrimiento: La salud, el dominio de nuestras facultades, ingresos suficientes para cubrir necesidades y deberes básicos, como los que se refieren a esposa e hijos.

Este punto de vista contrasta con la visión que tiene Oriente de la felicidad. Para las sabidurías orientales la felicidad no se halla afuera sino dentro de uno mismo, y necesario buscarla a través del autoconocimiento y la meditación.

Ruseell lo plantea de otra manera: Observar el propio vacío interior puede conducir a la infelicidad, al volver la atención hacia el interior no hallará nada digno de interés. Mientras que el que dirige su atención hacia afuera podrá hallar en su interior, cuando lo haga, los ingredientes más variados e interesantes.

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