No es una obra maestra. Ni siquiera una gran película. Pero aún así vale la pena verla, aunque sólo sea por la canción de la niña norcoreana con que inicia. O cualquiera de las situaciones disparatadas en esta cinta, cuyo mejor publicista ha sido -irónicamente- el mismísimo Kim Jong-Un. Se le podrá criticar lo que sea a esta película, pero ese comienzo es brillante (por cierto, aunque la canción nos hace reír, es una escena muy bien pensada, pues allí se produce lo que en psicología se conoce como proyección, esto es, atribuir al otro los propios defectos y carencias).

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La trama es esta: Dave Skylark (interpretado por James Franco) es el presentador de un programa de televisión que entrevista a celebridades del mundo de la farándula, y hace equipo con su productor Aaron Rapoport (interpretado por el cada vez más hilarante Seth Rogen). Para ganar más audiencia, y convertirse en celebridades en todo el mundo, consiguen una entrevista con el dictador de Corea del Norte Kim Jong-Un. Nada menos.

Para ello, deben ir a Corea del Norte, pero la CIA los ha contactado previamente para planificar el asesinato del líder de ese país. Aunque se trata de una comedia y su propósito es hacernos reír, la película presenta algunas cosas que sin duda resultarán incómodas para el régimen norcoreano. Una de las primeras escenas en Corea del Norte -impresionante recreación de las calles de la capital- es la presencia de un Potemkin a partir de una tienda de comestibles y un niño muy bien alimentado que “casualmente” se encuentra en una equina por donde pasan los entrevistadores. Aunque se sabe que Pyongyang es, en sí misma, una ciudad Potemkin.

Y desde allí, la película navega entre dos aguas: Nos presenta la realidad de la nación más aislada del planeta, y de la que menos cosas se saben -y las que se saben son angustiosas- y, por otro lado, lo hace de una manera disparatada y delirante. En casi todas consigue el objetivo. Aunque algunas escenas están marcadas, inevitablemente, de un humor que resulta más bien siniestro (hambre + humor siempre resultará lúgubre). Sin embargo, un país en el que suceden cosas que ni el mismísimo Kafka hubiera imaginado, es materia prima para hacer humor.

Al terminar de verla, uno queda con la sensación de que esta película pudo haber dado más. Una trama interesante -dos periodistas consiguen una entrevista con el gobernante del país más extraño del mundo- de la que se hubiera podido sacar más provecho. Se desperdiciaron sus posibilidades narrativas. Lo mismo que sucedió con El dictador, de Larry Charles con guión de Sacha Baron Cohen. Irreverentes las dos, eso sí.

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Otro de los puntos débiles de esta cinta es la música. Con excepción de Wind of Change de Scorpions, toda la música es irritante. Cosa que resulta extraña, pues cuidaron muchos detalles. Por ejemplo, los periodistas hablan de Corea “del Norte”, pero cuando están delante de Kim Jong-Un hablan solamente de la República Democrática Popular de Corea, evitando “del Norte”, ya que referirse con ese remoquete a la patria de los Kim es una de las mayores ofensas. Otro detalle, deliberadamente creado para molestar a Kim Jong-Un es que Dave Skylark y Kim Jong-Un juegan básquet. Como sabemos es un deporte para gente de estatura alta, y en Corea del Norte la estatura es símbolo de estatus. Y los Kim -abuelo, padre e hijo- no han destacado precisamente por su estatura.

¿Debe ver esta película? Sí. Incluso por lo que sucedió alrededor de la mimsa: Por todo el rollo del hackeo del gobierno de Corea del Norte a los estudios de Sony, por la respuesta que dio Estados Unidos. Y porque esta cinta, sin duda, lo hará reír. Eso sí: A partir del momento en que David Skylark entrevista a Kin Jong-Un todo lo que sucede es tan inverosímil que llega a rozar incluso la estupidez.

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