Frente al auditorio, el general Curtis LeMay, comandante de los ataques aéreos estadounidenses contra Japón en la Segunda Guerra Mundial, siempre justificó el lanzamiento de las dos bombas atómicas que hace setenta años incineraron Hiroshima y Nagasaki en fracciones de segundo. En la intimidad, opinaba diferente. El belicoso oficial de la aviación llegó a decirle a un subalterno: “Debieron juzgarnos como criminales”. Ese subordinado se llamaba Robert McNamara, más tarde jefe de LeMay cuando John F. Kennedy lo designó secretario de Defensa.

La justificación para la única agresión nuclear en los anales de la humanidad fue estrictamente militar: solo el empleo de un arma aniquiladora que desatara el apocalipsis forzaría la rendición inmediata del ejército imperial, que combatía con fanatismo suicida por una causa perdida. Solo cremando vivos a decenas de miles de civiles inocentes se evitaría que millares más de soldados estadounidenses murieran en la toma, isla por isla, del agreste archipiélago nipón. Más del 80% de los ciudadanos de la Unión Americana quedó conforme con la explicación.
Siete décadas son tiempo suficiente para que se decanten los hechos, que apuntan en dirección opuesta al discurso oficial. La tesis de que Japón estaba lista para rendirse antes de sufrir el flamígero resplandor de la fisión nuclear gana terreno, como también se va esclareciendo que el “líder del mundo libre” detonó las bombas por venganza al ataque sufrido cuatro años antes en Pearl Harbor y como mensaje a la Unión Soviética, que para entonces empezaba a pasar de aliado a enemigo.

McNamara sirvió en el Pacífico y tuvo múltiples cargos en la maquinaria de guerra del “Tío Sam”. Él podía (ya no, porque murió) hablar con propiedad sobre la realidad en el teatro de operaciones. Y en un documental sobre su larga trayectoria de servicio público sostiene que es una falsedad que fuera necesario liberar “el fuego de los dioses” contra Japón para forzar su claudicación, que se anunció el 15 de agosto de 1945 y se firmó dos semanas después a bordo del acorazado USS Missouri. Si ya de por sí era condenable, y violatorio de las reglas de la guerra, evaporar mujeres, niños y ancianos para obtener una rendición, que se haya dado esa orden sin que fuese una necesidad imperiosa para obtener la victoria es sencillamente repugnante. Ni los totalitarismos soviético o chino se atrevieron a apelar a su poderío atómico contra otro pueblo. Solo la primera democracia del planeta pulsó el botón de exterminio Y nunca se ha arrepentido de ello.

El estallido de la “Little Boy” y la “Fat Boy” sobre Hirohisma y Nagasaki marcan el inicio del llamado “Equilibrio del Terror”, que se desequilibró al sucumbir la URSS en 1991. Pero persiste la proliferación nuclear. Hoy en día son nueve los estados nuclearmente armados; y pende sobre nuestras cabezas la amenaza de extinción. Existe el peligro de que alguna ojiva clandestina llegue a manos de grupos terroristas que acaben con el planeta. Y la Caja de Pandora la desató Estados Unidos y su proyecto Manhattan, que fue probado con escalofriante éxito en personas que fueron usadas como ratas de laboratorio. A 70 años de las dos deflagraciones nucleares, la fuerza del átomo se liberó y quizás nunca pueda ser recogida.

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