Pedrito es un chico escuálido, con su negra piel quemada por el ardiente y a veces inmisericorde sol tropical que absorbe desde el amanecer al atardecer cada día de su desgraciada existencia, con sus dientes amarillos por el descuido y el café con pan que le da la abuela de desayuno y la mirada vaga, como si buscara al padre que se fue para no volver cuando aún no caminaba o a la madre que se marchó para “la capital” a trabajar porque en el campo “no había na pa’ comé”.

Pedrito vive con su abuela (cuando nació, el abuelo había fallecido), dos hermanos y dos primos menores. No va a la escuela porque la más cercana está muy lejos, pero aunque estuviera en los alrededores, tiene que trabajar (por comida, no por dinero) en los conucos de algunos vecinos que están en mejor situación que su familia.

Pedrito trabaja como adulto porque lo que su mamá gana como lavandera en la capital no alcanza para sostener el clan.

En el ránking local del 1 al 10, basado en condiciones económicas, la familia de Pedrito ocupa fácilmente el puesto 11. Es entendible porque nunca son tomados en cuenta para nada, ni incluso para votar (la única que tiene edad para hacerlo es la abuela, pero perdió sus documentos en las inundaciones que provocó el huracán David hace 30 años y no ha tenido ni tiempo ni interés en buscar otros papeles).

“No necesito un papel para saber cómo me llamo”, es lo que siempre le dice a sus nietos.
Pero hay algo en lo que Pedrito no es último de nadie: Jugando béisbol.

¡Hay que ver al negrito en el campocorto, desplazándose hacia todos lados, lanzando con el fusil que tiene como brazo derecho y poniendo en ridículos a competidores más grandes y fuertes!

¿Que si batea? ¡Pedrito inventó el batear! Le pega duro a la pelota por la izquierda, el centro, la derecha, por el suelo, por el aire. Sus outs son tan escasos, que sus rachas no son de partidos con hits, sino de turnos sin outs.

Cuando batea un sencillo, algo que ocurre muy pocas veces, se roba la segunda y la tercera en pitcheos consecutivos. Los catchers contrarios lanzan a tercera cuando Pedrito sale al robo de segunda y se guardan la pelota cuando se desprende a tercera, para evitar que anote en la misma jugada.

Pedrito tiene 15 años, luce tener 13 y juega con rivales de 20. Un “buscón” del pueblo viajó hasta su villa para confirmar que todo lo que se está diciendo del supuesto fenómeno es verdad, aunque sea a medias.

“Oye chico, tómalo es un chocolate americano”, le dijo el “buscón” a Pedrito antes del partido dominical. “Si juegas bien, te daré dos más al final”, agregó.

No sabemos exactamente cuáles eran las expectativas del “buscón” (Especie de entrenador independiente que prepara chicos para el béisbol profesional, cobrando un porcentaje del bono futuro), pero todos los que conocían a Pedrito sabían qué tan bueno era y que además, y no menos importante, estaban seguros de que él nunca había probado un chocolate en su vida y no dejaría de ganarse las dos barras extras.

Cuando el peloterito bateó de 5-5 con dos jonrones, cuatro bases robadas y tres joyas defensivas contra un equipo de mercenarios “release” (los jugadores jóvenes despedidos del béisbol organizado) el “buscón” lo inscribió en su lista de “posesiones más valiosas”.

MIENTRAS MÁS JOVEN, MÁS ATRACTIVO

Niños-Dominicanos-Jugando-BeisbolEl chico tenía talento natural, pero necesitaba algo de trabajo de pulimiento, vitaminas y mucha comida para recuperar el terreno perdido en su niñez. Como el proceso de preparación se tomaría casi dos años y Pedrito estaba a meses de su cumpleaños 16, el “buscón” decidió que debía rebautizarlo.

No es que Negrito (así se llamaba el “buscón”) tuviera nada en contra de los peloteros de 17 y 18 años, pero los primeros cazatalentos gringos que fueron a Latinoamérica inventaron que había que quitarle dos o tres años a los muchachos para hacerlos más atractivos a los “jefes”.

Supuestamente, los muchachos latinos tardan dos años más en madurar en relación a sus pares norteamericanos y para resolver la diferencia, comenzaron a rebautizar a todo el que jugara pelota, que en el caso de República Dominicana se trata del 90% de la población.

En lo adelante, Pedrito sería Juancito, su primo de 14 años, y Juancito sería Miguelito, el hermano menor de Juancito y también primo de Pedrito. La abuela seguía siendo la abuela, pero la que trabajaba en la capital pasaba a ser tía del jugadorcito.

No hubo necesidad de falsificar ningún documento. Simplemente se reasignaron las actas de nacimientos existentes en la casucha. Total, la abuela había declarado sola a todos los nietos ante el Estado y los documentos nunca se habían utilizado en transacciones legales.

Conforme fueron pasando los días, Juancito mejoraba y mejoraba. ¿Quién dijo que se necesitan esteroides y sustancias extrañas para desarrollar un atleta? Sólo se necesita darle tres comidas al día y una buena medicina antilombrices, y Juancito es un vivo ejemplo de eso.

Un año y medio después que fue adoptado como protegido de Negrito, Juancito se convirtió en el prospecto más codiciado de la historia de su provincia.

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Todos los scouts que lo vieron en esos tiempos quedaban maravillados y le ofrecían un contrato a pesar de que sus papeles decían que aún le faltaban algunos meses para cumplir los 16 años, la edad mínima en que se puede firmar a un chico en República Dominicana desde el escándalo de Jimmy Kelly.

El gran día finalmente llegó algunos meses después, específicamente el 2 de julio del año que los chinos llamaban del Dragón, pero que en la familia de Juancito fue el año de la liberación de la esclavitud social y económica.

Representado por un agente gringo (los “buscones” no tienen licencia para negociar contratos), Juancito firmó por un bono de $2 millones con un poderoso equipo de la Liga Americana, que según las malas lenguas le dio un incentivo de 500.000 a Negrito para que ayudara a empujar al chico hacia la organización que más le “convenía” (a Negrito).

Todos estaban felices en la familia de Juancito a pesar de que a Negrito le correspondía el 40% del bono ($800.000, más los $500.000 que recibió de regalo) y el agente gringo se llevababa otro 5% ($100.000). Lo que sobraba ($1,1 millón) eran más de 33 millones de pesos dominicanos, suficiente dinero para comprar la aldea con todos sus habitantes.

El clan Juancito se mudó a la casa grande que queda frente al parque y la iglesia en el centro del pueblo y pronto tuvieron que agrandar la vivienda por la enorme cantidad de nuevos primos y tíos que aparecieron como por arte de magia.

El muchacho se compró un disfraz de pelotero recién firmado, atuendo que consiste de tres cadenas de oro, cinco camisas con serigrafía brillante, cinco pantalones blue jeans, cinco pares de zapatos con punta, una camioneta Hummer y una pistola Beretta. Pensó en un arete, pero la abuela se negó rotundamente.

DEBUT Y DESPEDIDA

En su primera temporada en Estados Unidos, Juancito destrozó la competencia. Bateó .380 con 20 jonrones y 25 robos en 40 partidos en la Liga de la Costa del Golfo (Novatos) y su organización ya planeaba subirlo a Doble A por dos meses para el próximo año y luego a las Grandes Ligas.

Pero hubo un acontecimiento que cambió el curso de la historia, al menos la de Juancito, o Pedrito, o como ustedes quieran llamarle. Fue una inocente fiesta, el último día de su primera temporada en el extranjero.

Tomando en cuenta que el 90% de sus compañeros eran muchachos latinos que habían sido firmados por $25.000 o menos y debían ahorrar cada centavo de los $1.200 que cobraban mensualmente, a veces compartiendo apartamento hasta entre ocho, Juancito organizó una fiesta para celebrar su cumpleaños, que había ocurrido a mediado de la semana.

Invitó a todos los jugadores, los entrenadores y hasta al personal de oficina. Fue precisamente una chica despistada del departamento de recursos humanos quien comentó lo extraño que era que alguien celebrara su cumpleaños seis meses antes de que llegara o, igual, seis meses después de haber ocurrido.

Ningún “jefe” comentó nada, pero inmediatamente comenzó una investigación interna. Y lo que realmente “jodió la vaina” fue que antes de marcharse a Dominicana, Juancito le comentó a su agente gringo que sabía que Negrito había recibido un regalo del equipo que sumado al porcentaje que tomó del bono arrojaba la friolera de $1,3 millones, o $200.000 más que el premio del pelotero.

El agente, esa clase inmortal (en la que Scott Boras es Zeus) que todo lo sabe y lo que no sabe se lo inventa, se quejó ante la oficina del comisionado por lo que llamó “indelicadeza” del club en la firma de Juancito. Exigía que indemnizara al muchacho con otro millón de dólares o que fuera declarado agente libre.

¡Tres meses jugando pelota y ya el agente le estaba vendiendo a Juancito la idea de ser agente libre! La idea tenía riesgo, pero llevarla a la oficina del comisionado en lugar del equipo fue un movimiento suicida.

La oficina del comisionado, especialista en crear comisiones especiales para investigar casos tan claros que los resolvería hasta la policía mexicana, se topó con la novedad de que el muchacho es una de esas personas agraciadas del planeta que cumplen años más de una vez durante un giro de traslación de la tierra.

En investigaciones separadas, el club y el comisionado descubrieron que Pedrito fue firmado con la identidad de Juancito y el comisionado, además, encontró que el club le pagó a Negrito, quien no solamente entrenó a Pedrito, sino que además lo rebautizó con el nombre del primo.

Como al equipo no le importa si el muchacho se llama Servando o Florentino, si es mormón o católico, virgen o impúber, lo mantuvo en su nómina y estaba dispuesto a seguir desarrollándolo hasta llevarlo a Grandes Ligas, también a cumplir con una sanción del comisionado de pasar un año sin firmar a nadie en Dominicana. Pero había un problema que escapaba al control del béisbol.

Continuará…

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