La supervisión en su concepción más clásica está señalada como uno de los cinco elementos fundamentales de la administración, designada originalmente como función de comando. Este trabajo no lo ejecuta una sola persona sino que este “arte de manejar a los hombres” se reparte entre los distintos jefes que existen en la organización y cada uno es responsable de su propia actividad. Por lo tanto, cualquiera que ocupe un puesto de supervisor, obtiene una parcela de comando y en consecuencia el “don de mandar”, como una competencia que deben poseer desde el director o gerente general hasta el jefe de menor jerarquía.

De manera que un supervisor es quien tiene la responsabilidad de guiar un conjunto de personas para asegurar el desempeño deseado con mayor efectividad, eficiencia, eficacia y gratificación, en su área asignada. En términos generales se considera supervisores a quienes monitorean, controlan, inspeccionan a otras personas en forma directa. Son el primer nivel de la escala administrativa. Representan el enlace técnico entre la estructura de la administración y la estructura operativa de cualquier organización. Por lo tanto es una parte vital del proceso de gestión. Lo cual le asigna a esta función, un singular papel.

Es importante destacar que las diferencias de denominaciones: ejecutivo, gerente, administrador, jefe, coordinador y supervisor; que se manifiestan entre los distintos niveles de mando, radica en la profundidad y diversidad de las actividades que ejecutan, sin embargo, todos supervisan.

Los puestos de supervisión de personas varían ampliamente en alcance, contenido y aplicación. La supervisión es considerada el aspecto más complejo y difícil de la administración, debido a los valores y actitudes cambiantes, a medios ambientes de trabajos grandes y complejos, exigencias incrementadas para lograr la cooperación de los trabajadores hacia el logro de las metas de la organización, requiriendo un esfuerzo intenso y simultáneamente necesitar de un buen grado de capacitación y desarrollo.

Para los empleados es frecuente que los supervisores representen a la “organización”, de manera que los sentimientos que se generan en esta interacción relacional de interdependencia, impactan favorable o desfavorablemente en el clima organizacional. De allí que sea tan importante, la designación para puestos supervisorios, ya que cuando éstos han sido ocupado sin el beneficio de la capacitación, se incita a la ocurrencia de los problemas asociados con la inhabilidad para manejar la tensión que se manifiesta en las relaciones interpersonales, en los cambios institucionales, en la diversidad de los trabajadores, limitaciones en la autoridad En el pasado, el rol del supervisor era mucho menos complejo y exigente que el del supervisor actual.

El aumento de la escolaridad del contingente laboral, sumado al entramado legal que protege al trabajador, le ha sustraído al supervisor, lo que en el pasado fue su fortaleza: la autoridad, respaldada en el control y castigo, no obstante se sigue esperando que realicen su trabajo a cabalidad y se les considere directamente responsables del desempeño de los empleados.

Esta enrevesada situación laboral rescata la urgencia de una mirada de revisión y fortalecimiento de la función supervisora, sobre todo cuando se reconoce lo neurálgico de ésta, en cualquier organización.

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