Ramos Allup o el cambio falaz

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“Henry Ramos se muere si le quitan el Parlamento”, sentenció hace tiempo Cristóbal Hernández, entonces su rival interno en Acción Democrática, sobre el hoy flamante presidente de la Asamblea Nacional. Estuvo privado del Capitolio por un decenio exacto y no solo no se murió, sino que, una vez cruzado el desierto, se remontó hasta la cima del Poder Legislativo.

[tie_full_img]Ramos Allup[/tie_full_img]

A los 72 años de edad, Ramos Allup coronó en la Quinta República su larga carrera como diputado, al empinarse hasta la cúspide del Palacio Federal, donde no escaló ni siquiera durante su estrellato dentro del puntofijismo como miembro del cogollo adeco e implacable jefe de su bancada en el Congreso. Lo que ocurrió el martes es la consagración definitiva para alguien con su incuestionable vocación parlamentaria, certificada por esta anécdota del propio Cristóbal Hernández, contada en tiempos de rispideces con el secretario general del “partido del pueblo”: “El 4 de febrero yo estaba llegando a Caracas desde el Oriente del país y me agarró el golpe aquí. Eran como las siete de la mañana y todavía había plomo. No sabía hacia dónde ir y en mi condición de diputado de AD se me ocurrió presentarme en Pajaritos, la sede administrativa del Congreso (muy próxima a Miraflores, blanco principal de la sublevación militar). Allí solo encontré a dos personas: la señora del aseo y Henry Ramos Allup”.

Ramos es un parlamentario nato, infatigable. La realización, o al menos el sueño de casi todo político, es gobernar. A Henry Ramos Allup, en sus casi seis décadas de militancia, no le recuerdo apetencias por cargo ejecutivo alguno. ¿Ud. puede evocar alguna valla que diga Henry gobernador? ¿Henry alcalde? Nunca se ha lanzado a esos cargos, ni hablar de la Presidencia. Ni siquiera ha sonado para ministro. El político convencional pretende ejecutar. Pero lo de Ramos es legislar. El martes, en su discurso como titular de la Asamblea, aseguró que, a su juicio, es mucho más importante crear una ley que la obra de cualquier ministerio. Y les confieso algo: le creo que lo crea. En él, el parlamentarismo, más que un modus vivendi, es una adicción, es oxígeno dador de vida. El que crea que los políticos se ganan fácil la plata no lo ha visto en acción. “Este no es un trabajo de fines de semana ni un oficio de esnobista”, afirmó en una oportunidad. Doy fe de eso. Siendo yo estudiante nos concedió a unos compañeros de la universidad y a mí una entrevista de casi una hora, un sábado en la mañana, después de una tensa sesión en la Casa de las Leyes. Ese es Henry Ramos Allup: cuando le toque ver a San Pedro le va a pedir un derecho de palabra.

La designación de Ramos Allup como presidente de la Asamblea Nacional, más que merecida en el plano personal, es insana para el país. Es contradictorio que un proyecto de cambio huela tanto a pasado, porque deslegitima e hipoteca su supuesto anhelo transformador, su promesa de futuro, que se vuelve falaz. Ramos Allup es la personificación del pasado, de las costumbres del pasado, de los defectos del pasado. Él es la Cuarta encarnada, la prepotencia, la arrogancia, el atropello, la insensibilidad desde el poder que la condujeron a su fin, que por lo visto no era tal, sino un simple corchete.

El martes dijo que, para él, todos los diputados eran sus pares y como tales los trataría, pero como jefe de fracción parlamentaria de AD en el segundo quinquenio de Carlos Andrés Pérez se jactaba de que a sus compañeros de bancada solo les hablaba para darles órdenes, como todo un comisario estalinista. Se ufanaba de pasarle la aplanadora a las minorías, por más que ahora diga que las respeta. Reivindica en la actualidad la plena independencia del Legislativo como expresión de la soberanía popular, pero en su oportunidad lo postraba ante los mandatos del CEN. Defendió con pasión en su proclama de ascensión la función contralora de la institución que preside, pero no había investigación parlamentaria que sobreviviera a un veto del caudillo Alfaro Ucero. Bastante corrupción hubo con CAP, Lusinchi y Pérez de nuevo, y cómo la tapareó Ramos Allup cuando tenía el poder y los votos para denunciarla y desentrañarla. En su altivez, jamás ha expresado el más mínimo remordimiento por los desmanes cometidos por el sistema que él tan dignamente representó. No hay vicio, abuso, tropelía, trapisonda o triquiñuela que los jefes parlamentarios del chavismo no hayan aprendido de Henry Ramos. Su coronación le da a la victoria del 6 de diciembre un halo restaurador del bipartidismo adeco-copeyano muy lejano al ánimo de los votantes. Celebrar su retorno a las alturas equivale a que dentro de diez años, cuando la promesa de cambio de la MUD sea otra de tantas estafas que ha habido en la biografía de Venezuela, festejemos con alborozo la resurrección de Diosdado Cabello.

Ahorita Ramos Allup anda eufórico, blandiendo la guadaña contra la antirrepublicana iconografía chavista dentro del Palacio Federal, pero más le vale ir con cautela, contenerse, atemperarse, para usar un término propio de su florido léxico romuliano. Este pueblo sigue siendo chavista, a pesar del 6 de diciembre. Tal como lo dijo Luis Vicente León, de Datanálisis, este es un país chavista arrecho con Maduro. No vaya a ser que, con su actitud revanchista, contribuya a la reorganización de las filas oficialistas y nos llevemos una sorpresa que ahora es inimaginable.

Ojalá Henry Ramos, que se precia de socialdemócrata genuino, impida que esta nueva Asamblea Nacional sea transformada en bufete de Fedecámaras y amparadora de los intereses de los ricos, incluidos los boliburgueses, a los cuales conoce bastante. Pero, en mi criterio, la entronización de Ramos Allup es una desgracia para el país. Que se la debemos al chavismo, que no solo no logró sepultar a AD en el pozo del olvido, superándola en gestión y reivindicación popular, sino que le dio larga vida al replicar y magnificar todas sus miserias, truhanerías, vejámenes y patrañas. Por lo pronto, adelante a luchar, bolichicos…. A la voz de la electrificación…

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