Los únicos venezolanos que volverán

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Los únicos venezolanos que “volverán” son aquellos a los que les fue mal, los demás serán -si el país se recupera- sólo turistas ocasionales.

¿Por qué?

No es necesario estar físicamente en el país para reconstruirlo, de hecho, es más eficiente ayudar financiera y hasta culturalmente desde un lugar con economía estable.

Eso ya se está haciendo.

Calculo que las remesas con cerca de 3 millones de venezolanos viviendo permanentemente fuera del país, estarán en el orden de los USD $ 6,200 millones al año para el 2020.

¿Qué pasa con la familia y los amigos?

En el momento actual, es más sencilla a veces organizar la logística para una cena familiar en Buenos Aires, Miami o Madrid que en Caracas.

Es más viable compartir con los amigos un par de veces al año tras un concierto en Londres o Panamá, que conseguir pasaje para la pequeña Venecia.

Las visitas puntuales a familiares, viajes para compartir conocimiento, encargos de medicinas y presentar el nieto nuevo a la abuela sin duda seguirán, al menos mientras lo permitan las posibilidades y las autoridades.

Sin embargo, en mi humilde opinión, el “regreso definitivo” es poco probable.

Es un concepto que erradamente pareciera estar sólo en sintonía con el estrato pudiente de la sociedad, pero que cada vez se hace más permeable a los menos favorecidos.

Luego de apenas un par de años, la mayoría de quienes han logrado subsistencia hasta ese momento, tienen lazos económicos y funcionales con su nueva ciudad.

Ya incluso han creado las bases de su propio sistema de soporte, llevan en la agenda de su teléfono 2, 3 o 10 números -dependiendo de su habilidad de crear tejido social- de personas a las cuales llamar “por si algo pasa”.

Han abierto cuentas bancarias, solicitado tarjetas, obtenido documentación de residencia formal y pagado puntualmente sus impuestos.

Ya no son más extraños a las palabras, los alimentos y las costumbres, se han convertido en habitantes formales de sus nuevas ciudades.

No sienten nostalgia por las “parrillas cada fin de semana”, porque las han sustituido por patinar de noche en el Obelisco, salir a los antros de la Zona Rosa o bailar tango a las riberas del Sena.

Pero principalmente, porque los asistentes a esos entrañables encuentros también están viviendo ahora en 5 países diferentes.

No quisiera que se malinterprete esta breve reflexión con tristeza o pesadumbre, todo lo contrario.

Esta coyuntura empujó a una enorme cantidad de personas al límite de su intelecto y capacidad de trabajo.

Para mí, superar esas fronteras siempre estará muy bien.

Siento que es nuestra obligación hacer de nuestra corta permanencia en el mundo la mejor experiencia posible, devolviendo además una huella positiva para los otros.

Sólo tenemos un turno al bate.

Mike Blaster

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