Parece que “La Salida” va de salida. A tres meses de “intifada” contra Nicolás Maduro la agitación callejera se apagó y sus cenizas humeantes se adhirieron al paisaje urbano de los guetos de clase media. Hasta la protesta del  visiblemente dividido movimiento estudiantil se ha enfriado, como lo reconoció Juan Requesens el martes en Unión Radio.

El atajo leopoldista condujo al antichavismo a una calle ciega, esa donde se amontonan todos los voluntaristas que se creen el cuento de que querer es poder. ¿Y ahora qué?, se preguntan los impacientes. Pues a prepararse para una carrera de medio fondo que, bien llevada, debe terminar con la revocatoria de Maduro en algún momento de 2016, con una parada de refrescamiento en las parlamentarios de 2015. No hay otro camino, a menos que la incompetencia del Gobierno le haga perder a las clases populares su infinita paciencia. Pero si eso pasa no será porque alguien las llame. Ellas irán solas. Las grandes revoluciones frecuentemente llegan sin anunciarse. Tal como lo describió Aníbal Romero en su libro Disolución Social y Pronóstico Político, los mayores cataclismos sociales de la historia se presentaron súbita y sorpresivamente, desde la Revolución Francesa hasta la revuelta islamista que derrocó al Sha de Irán. Por lo pronto, Henrique Capriles midió mejor los tiempos que el prisionero de Ramo Verde, aunque este haya logrado rebatirle al gobernador de Miranda el liderazgo de la Venezuela hastiada. Tal vez, ese era su objetivo, quizás Lepoldo López cree que su presidio valdrá la Presidencia.  

Al margen de sus desavenencias internas, lo bueno para la oposición es que la están dirigiendo los políticos, no la “sociedad civil” ni los plutócratas de los medios. Es una oposición un poco más autónoma. Puede sonar paradójico, pero para la MUD es menos empedrado el camino sin las televisoras respirándole en el cogote y exponiéndola al escarnio público. Es un efecto deseable de la muy indeseable autocensura de los medios. Así sus líderes pueden hacer lo que deben hacer, no lo que los mass media quieren que hagan.

El Gobierno, por inepto, es el mejor aliado de la oposición. Y Maduro, por zoquete, su jefe de campaña. Quienes combaten al chavismo no precisan calentar la calle. Maduro lo hará por ellos. Si se juega a mediano plazo, el tiempo favorecerá a la MUD. A los atorados, les ligará en contra. “A estos gobiernos termina tumbándolos la economía”, le escuché decir a Capriles, y la razón lo acompaña.

Ahora bien, a la Nación lo que le conviene es que a Maduro le vaya bien, y eso abarca a la oposición, a menos que quiera heredar despojos en vez de un país. Y es por eso que me angustia que el Gobierno prende el carro, pero no lo pone en drive. Maduro debe atreverse a hacer SU gobierno. Fue él, no Diosdado Cabello, ni ningún otro cabecilla del PSUV, el sucesor designado por Chávez. Fue él el escogido por la mayoría, por precaria que fuera. Es él quien porta la banda presidencial y el Collar del Libertador. Tiene que al menos morir en el intento ¿Que Diosdado controla a los militares? Que lo tumbe, pues, que se atreva, que le eche bolas. ¿O qué prefiere ser Maduro: un gallardo ex presidente derrocado o un pusilánime presidente rehén? ¿Prefiere ser Rómulo Gallegos o José María Bordaberry? Maduro, aún con sus limitaciones, ha de decidirse. Para ser digno no se requiere ser talentoso. ¿No y que Maduro es pueblo, pues? Bueno, que le eche pichón a cambiar lo que haya que cambiar, a resolver lo que haya que resolver, a destituir al que tenga que destituir. Venezuela no eligió triunviratos. Escogió a un ciudadano, Nicolás Maduro, para que la conduzca. Antes de hacerse respetar por sus adversarios, debe hacerse respetar por sus “aliados”.

Lenín, antes de perder el raciocinio por las apoplejías que lo llevaron a la muerte, dejó un testamento escrito donde advertía a Trotsky sobre la necesidad de detener a Stalin, porque este había acumulado demasiado poder.  Yo conozco a uno que dirige un programa de televisión, maneja su partido, preside el Parlamento, practica comisos en la frontera y habla como quien no tiene jefe. Es nuestro Stalin de El Furrial, un personaje nocivo al que deberían ponerle coto. Pero el responsable de hacerlo calla y otorga. Pareciera ambicionar más el fracaso de Maduro que la misma oposición. Qué triste sería que Maduro naufragara por falta de carácter.

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