El Gobierno, con soberbia e insensata bravuconería, voló los puentes del diálogo político, al que concibió no como un espacio de entendimiento y negociación, sino como un buzón de quejas y sugerencias para que la MUD se desahogara. El resultado difícilmente iba a ser distinto: la oposición se levantó de la mesa al darse cuenta de que sobre ella no había ningún logro que ofrecer a la creciente porción del país que ella representa. Por el contrario, los dirigentes que asistieron salieron de allí bombardeados por fuego “amigo”, desacreditados como colaboracionistas y pusilánimes. Se le hizo un daño al país racional que se niega a irse a las manos.  

Es muy peligroso que chavismo y antichavismo no se hablen. Sobre todo ahora, cuando la economía empeora y pudiera generarse un clima de inestabilidad que, en una democracia sana, requeriría de una relación civilizada entre los líderes de ambos bandos para buscar soluciones mancomunadas.  Pero no, se perdió cualquier presunción de buena fe que pudiera haber. Y mientras tanto, hierve la olla de presión: la pobreza recaptura a millones de ciudadanos que se le habían fugado, crece la inflación, se agudiza el desabastecimiento. Cada día pechan más alto el vivir en Venezuela.  En cualquier momento revienta esto y nos jodemos todos. El Gobierno, principal responsable porque llevas las riendas, tendría que evitarlo a toda costa, pero mantengo la percepción de que se está poniendo la pajita en el hombro.  

Y no se trata de que Maduro capitulara ante la MUD. Lo único que se pedía era que cediera, así fuese en algo: liberar a Iván Simonovis, por ejemplo. No puede ser que mantener preso a ese hombre sea un punto de honor para el chavismo, al que más bien le convendría soltarlo para mejorar su imagen, sobre todo ante el mundo. Han podido soltar a algunos de los muchachos revoltosos de las guarimbas. Medidas como esas no tenían costo político alguno para el Presidente.  Al contrario, podrían obrar en su beneficio. Pero el chavismo pareciera jugar al embudo, al Diktat.

En el chavismo deberían pensárselo dos veces y ser más responsables. No les conviene olvidar quién tiene más que perder aquí en caso de que se incendie el país. El chavismo monopoliza el poder, los privilegios. Y no se sabe cuándo el descontento opositor haga contacto con la creciente irritación de las grandes masas y aquí se arme un barullo. Ahorita parece imposible porque la guarimba, enhorabuena, se ha apagado. Pero como tampoco el diálogo económico da resultados no es de extrañar que el deterioro de la calidad de vida provoque un cortocircuito. No se puede permanecer impasible ante ese escenario, que conservará su vigencia aún cuando el principal agitador del antichavismo, Leopoldo López, esté tras las rejas.

No dudo que López, en su infinita megalomanía, haya llegado a pensar que su prisión encendería a Venezuela por los cuatro costados y que las multitudes irían a liberarlo, como en la toma de La Bastilla. Pero que eso no haya ocurrido, y por el contrario dé la impresión de que la oposición lo ha ido olvidando, no debe llevarnos a análisis apresurados. Su plan, al menos a mediano plazo, está funcionando. El liderazgo de Henrique Capriles Radonski ha quedado socavado mientras que él, que no contaba hace un año, ahora compite de tú a tú con Capriles en las preferencias del mercado opositor. Recuerden algo: Chávez no se desvaneció del imaginario popular por haber ido al calabozo, al contrario. Y López, inteligente e inescrupuloso, sabe historia, sabe que en Venezuela hay que hacer propedéutico en la chirona antes de graduarse de Presidente. Y mientras peor le vaya a Venezuela, mejor le irá a él, pues su línea intransigente se impondrá a medida que la población más sufra y se arreche. ¿No recuerdan que pasó aquí al final del gobierno de Caldera? En 1997, cuando la apertura petrolera le dio una bocanada de oxígeno al Gobierno, el electorado se enamoró de Irene Sáez, que encarnaba la cara más amable de la antipolítica, que ya cabalgaba por entonces. Pero cuando en 1998 el petróleo cayó a ocho dólares el barril y todos estábamos comiéndonos un cable, los venezolanos voltearon a escuchar al vengador, al que ofrecía rebanarle la cabeza al sistema.  López, que encarna una forma sofisticada de populismo de derechas, no dudará en quitarle la espoleta al descontento, como lo hizo Hugo  Chávez hace 16 años. Entonces Capriles, que acertó en su percepción de que esta carrera era de fondo, pudiera sucumbir ante los ímpetus viscerales de su gemelo político.  

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