Los palestinos no le duelen a nadie. Es su tragedia y su verdad. Ningún poderoso del mundo se apiada de su suplicio. Ni Estados Unidos, ni Europa occidental, ni Rusia, ni China, ni los adinerados jeques de la península arábiga. No esperen nada de ellos. Palestina resiste sola contra su brutal opresor. Es inmoral, pero es.

No se puede permanecer neutral en el tormento de la franja de Gaza. Lo ético, lo humano, lo principista es condenar sin ambages la matanza de inocentes por parte del Estado de Israel, que se escuda en el derecho a la legítima defensa para pisotear la legislación internacional. Su respuesta al asesinato de tres jóvenes judíos (presumiblemente a manos de Hamas)  es masacrar decenas de personas que nada tienen que ver con el crimen. Israel se comporta como un Estado forajido, que desprecia las resoluciones de Naciones Unidos, incumple sus propios compromisos diplomáticos previos (como los acuerdos de Oslo) e impone la ley del más fuerte. Carga con artillería pesada contra zonas residenciales como antes empleó bombas de fósforo, prohibidas por las convenciones de la guerra. Y con absoluto cinismo dicen que no pretenden dañar a la población civil al tiempo que, a la luz del día, aplican como política oficial la demolición de las viviendas de los supuestos terroristas palestinos, como si en ellas no habitaran mujeres, niños y ancianos ajenos al conflicto.

En la muy sui generis interpretación israelí de la defensa propia, si un maleante entra a tu casa a robar no solo puedes matarlo, sino que además estás en libertad de ir a su casa y prenderle fuego con toda su familia adentro. Eso es exactamente lo que hacen las fuerzas de defensa de Israel.  Pero nadie se mete, nadie interviene, nadie se escandaliza, nadie bloquea, nadie amenaza.

Solo hay saludos a la bandera, como la gélida e inocua “preocupación” de Ban Ki Moon y de John Kerry.   

Israel se ufana de contar con uno de los mejores servicios de inteligencia del planeta ¿No tiene el Mossad fuentes de información que le permitan rastrear y neutralizar a los autores de esas tres muertes?  Claro que sí, y lo han demostrado en el pasado. Pero estos ataques indiscriminados tienen otro objetivo, premeditado, canallesco: escarmentar al pueblo palestino para que se doblegue y abandone su justa lucha por la independencia y por el establecimiento de su tan ansiado Estado soberano. Y Hamas, con sus lanzamientos de cohetes hacia suelo israelí, les da la excusa perfecta a los halcones de Tel Aviv, que han descubierto en la cacería de palestinos una efectiva oferta electoral. Benjamín Netanyahu y su impresentable canciller, Avigdor Lieberman, rivalizan  por el control del voto de la derecha ortodoxa judía. Entonces compiten para ser el que más duro golpea a los palestinos.

La aspiración de los palestinos es legítima: levantar su propia nación, sin ocupación extranjera, sobre el territorio delimitado antes de la Guerra de los Seis Días, en 1967, derivado de un acto de fuerza. Eso es lo sustantivo, independientemente de los graves errores pasados de los palestinos (no haber aceptado la demarcación para dos estados, uno árabe y otro judío, que fijaron los ingleses en 1948) y sus muchas veces intolerables métodos de lucha, como el secuestro de aviones, asesinato de civiles, bombazos en buses y mercados que dieron al traste con los avances logrados por Yasser Arafat e Isaac Rabin. Israel, de paso, es corresponsable del crecimiento de Hamas, al arrinconar a la Autoridad Nacional Palestina con asiento en Cisjordania y someter a los palestinos a tratos denigrantes que alimental el odio y el extremismo.

Israel no va a someter a Hamas a punta de bombazos, como no pudieron desarticular a Hezbolá en su cruenta invasión al  Líbano en 2006. Cada niño que muere es un padre, un hermano desesperado que Hamas gana para su Yihad. La comunidad internacional, sin su conocido doble rasero, debería ser más firme y hacerle entender a Israel que los palestinos forman parte de la familia humana y tienen derecho a vivir en paz, libres, soberanos. Lamentablemente, nadie lo hará y Gaza seguirá siendo, como ha sido descrita por la prensa internacional, una gigantesca y hacinada prisión a cielo abierto. Para vergüenza de los árabes que, siendo millones y controlando tres cuartas partes del petróleo disponible, se cruzan de brazos.

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