En estricta lógica, a las FARC les asiste la razón: si el gobierno colombiano insiste en hacer la guerra mientras habla de paz, la guerrilla puede actuar con reciprocidad y presentar como legítima acción de combate la captura, en pleno teatro de operaciones, nada menos que de un general del Ejército. Solo que lo que está en juego en los diálogos de La Habana no es quién usa mejor la retórica, sino el fin de un conflicto que ha desangrado a la Nueva Granada por casi siete décadas.

Si los “faracos” querían alardear con su musculatura bélica, chévere, ya la enseñaron. Es tiempo de liberar a Rubén Alzate, sin dilaciones. No hacerlo amenaza el buen término de las negociaciones, no necesariamente al más alto nivel, sino ante el tribunal de la opinión pública colombiana, en la que Álvaro Uribe oficia de cizañero estrella. La promesa del presidente Juan Manuel Santos fue terminar las hostilidades a través de una negociación con plazos limitados y ciertas condiciones. Su electorado pudiera castigarlo por la excesiva prolongación de las pláticas, sobre todo si crece la percepción de que los subversivos aprovechan para tomar ventaja. Que no pierdan de vista las FARC una realidad irrebatible: el naufragio de los acuerdos solo beneficiará al uribismo, que saliva con la conmoción causada por la captura del general Alzate tanto en los ciudadanos como entre los propios miembros del Gobierno. La administración Santos parece estar en shock por el golpe infligido por las FARC, al punto de que el jefe del Estado ha exigido explicaciones públicamente a su ministro de Defensa y al comandante del Ejército.

Las FARC no pueden olvidar que fue su comportamiento desleal durante las negociaciones en San Vicente del Caguán la razón primordial para que Santos descartara desde el inicio un cese el fuego mientras durara la conferencia de paz. De buena fe, el gobernante conservador Andrés Pastrana aceptó respetar una zona de distensión del tamaño de Holanda en la región donde se llevaban a cabo las conversaciones. ¿Cómo devolvieron el gesto Tirofijo y sus secuaces?: Secuestraron aviones comerciales, raptaron civiles, entre ellos a la candidata presidencial Ingrid Betancourt, y ampliaron sus relaciones comerciales con el narcotráfico. Por cuatro años (1998-2002) le tomaron el pelo a Pastrana, a quien se dieron el lujo de plantar delante de las cámaras. Al final los líderes de las FARC fueron bobos-vivos, porque la consecuencia del fracaso del Caguán fue la elección de Uribe, por su promesa de aniquilar a la guerrilla a plomo limpio. Por poco lo logra, con la cooperación de su belicoso ministro de la Defensa, Juan Manuel Santos, un halcón que ahora quiere ser paloma de la paz. En este trance, bien pudiera Santos citar la famosa frase de Yasser Arafat en la Asamblea General de la ONU: “He venido aquí con una pistola en una mano y una rama de olivo en la otra. No dejen que se me caiga la rama de olivo”. De que no se le caiga la rama de olivo depende que los colombianos no sigan matándose y consigan, por fin, la concordia y la reconciliación, imperativo ético y necesidad política para ese país y sus vecinos, especialmente para Venezuela, que recibe de lleno el impacto del conflicto, como receptáculo de los desplazados y víctima de las derivaciones delictivas de la guerra al otro lado de la frontera.

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