Rememorando a Ulises

Se fue el año y, con él, la popularidad de Nicolás Maduro. El Presidente de la República ya se echó encima a más de 70% de los venezolanos, según el más reciente sondeo de la firma demoscópica Datanálisis. Un holocausto completamente estéril, para colmo de males.

Si Maduro ofrendaba sus índices de apoyo en aras de la recuperación económica, si hubiera sacrificado sus índices de apoyo por tomar las medidas antipáticas, pero inevitables, para sacar de la cama al país, esta monumental caída en las encuestas habría valido la pena, para él y para la Nación. En lugar de eso evaporó su capital político y los dólares de la República. 365 días perdidos. Así se resume 2014: un año que sobra. Peor aún, un año que pesa, un año al basurero.

Maduro dijo que había que aumentar el precio de la gasolina: puro humo. Rafael Ramírez avisó que venía la unificación cambiaria: será en burro. El Gobierno prometió que abriría las esclusas a las divisas para abatir al dólar paralelo. Ese señor va rumbo a los doscientos bolívares por unidad. El resultado es un país deprimido, en retroceso. Un país frustrante.

Nací hace 38 años y desde muy chiquito tengo noción de Venezuela, porque la política era sobremesa, a veces mesa, en mi casa. Y estoy absolutamente convencido de que este es el peor año que ha vivido la República desde que tengo memoria. Noto estrechez como nunca, criminalidad como nunca, carestía como nunca. Compras pan, jamón, queso y jugo para el desayuno y te despojan de más de un día de salario. Comprar desodorante, baterías y cauchos para los carros, medicinas y un sinfín de cosas más se ha vuelto un exasperante rally. Faltan medicamentos clave en hospitales y farmacias.

El dólar más caro que nunca, en el año en el cual más hemos dependido de él. Y nuestro barril de petróleo abaratándose aceleradamente. El resultado es un repunte de la pobreza, un retroceso de todo lo que, artificialmente, se avanzó en materia de desarrollo humano. Y ya no tenemos ni al Chapulín Colorado para que nos defienda. Y lo que nos falta.

2015 viene, y viene arrecho, amigos. ¿De dónde va a salir la plata faltante que se usaba para toda la red de asistencia social del Gobierno? ¿Cómo le van a explicar a la gente que ahora no hay plata para tantas misiones? Bobo aquel que cree que reduciendo sueldos de ministros se va a llenar el hueco fiscal. Por lo poco que uno entiende de economía, el déficit se salda recortando gastos o elevando los ingresos. Los ingresos no se van a elevar porque dependemos del devaluado precio del crudo para vivir. Y la obcecación ideológica del Gobierno parece ser más fuerte que su instinto de supervivencia. Vender los activos que en mala hora compró durante la borrachera estatista de 2007 sería un modo de obtener dinero fresco y ahorrarse pasivos laborales. Pero tienen pinta de que no se van a atrever.

2015 será un año electoral. Con ese paisaje, no se me ocurre cuál será el as bajo la manga del chavismo para seguir ganando elecciones, su especialidad en 15 años. Ya ganaron algunas sin Hugo Chávez. ¿Podrán seguir haciéndolo? Solo si la oposición fragmentada y contradictoria que nos ha tocado en suerte se lo permite. Con casi 80% de descontento, las parlamentarias deberían ser un tiro al piso. Pero quién sabe qué “dakazo” o afín se invente esta gente para seguir mandando y hundiendo al país. A mis compatriotas les recomiendo para el año que viene hacer lo de Ulises: amarrarse al mástil para sobrevivir a las sirenas, que invitan a la hecatombe.

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