Tenemos un Gobierno con tendencias suicidas. Sentado sobre un barril de pólvora, prende un fósforo. En vez de corregir los desequilibrios macroeconómicos heredados de tantos desaciertos, los agrava. Y lo hace a propósito. No puedo entender tamaña inconciencia. Alguien, por favor, que le esconda la pistola a los que mandan, antes de que ocurra la peor de las tragedias.

Como si la estatización de los medios de producción no hubiese sido el origen de la quiebra financiera de Venezuela, el Presidente Nicolás Maduro la profundiza. Recientemente dijo que la solución a la escasez, el desabastecimiento y la inflación era, precisamente, más Estado. Que ahora iban por la red de distribución, la única que permanecía, mayoritariamente, en manos de particulares. Desgraciadamente es la única promesa que están cumpliendo. Prácticamente intervinieron Farmatodo, una de las pocas cadenas privadas grandes que funciona en el país. Aunque Maduro dijo el martes que lo conveniente era que siguiera operando en manos de sus actuales propietarios, el mensaje fue elocuente: cuando quiera, como quiera y por lo que quiera, el Gobierno puede disponer de cualquier empresa. Si eso sirviera de algo, podríamos discutir la pertinencia ética de una medida como esa. Pero la experiencia evidencia lo contrario. Aquí se expropiaron procesadoras de leche, café, harina de maíz, cemento, y no hay leche, no hay café, no hay harina de maíz y no hay cemento.

Maduro comentaba con deleite cómo puso a hacer cola a los directivos de Farmatodo en el Sebin. Fue inevitable para mí evocar aquel episodio en el cual Cipriano Castro hizo desfilar por La Rotunda a los banqueros que le negaron a su gobierno un empréstito por un millón de bolívares. Asustados, los señorones cedieron, pero al cabo de unos años, “El Cabito” estaba en el exilio, derrocado con plata de Manuel Antonio Matos y compañía.

Esta semana fue 4 de febrero y desde Miraflores nos anuncian un golpe en marcha. Si de algo tengo certeza es de que los golpes de Estado no son relámpagos extraviados en una tarde de sol radiante. Aparecen en medio de una tormenta, como en 1908, como en 1945, como en 1948, como en 1958, como en 1992, como en 2002. Crispación es a golpe lo que sangre es a tiburón. Y las consecuencias de un golpe serían catastróficas para los sectores populares. Para esos pobres que la “Revolución Bolivariana” ha multiplicado de 2012 para acá. Militar que se atreva a organizar una aventura putchista lo hará desde el chavismo (que controla los cuarteles), pero persuadido de que la situación actual no da para más, lo que pondría en peligro sus privilegios de casta. Eso quiere decir que, al tomar el poder, los milicos darán un viraje económico de 180 grados sin gradualismos, sin medidas compensatorias, sin preguntarle a nadie, sin política, prevalidos del terror de los cañones. Estados Unidos se hará el desentendido y así le dará luz verde a una administración que, aún en nombre de la memoria del “Comandante Eterno”, será más dócil a sus intereses. La famosa “derecha endógena” habrá triunfado por fin, y no le temblará el pulso para instaurar una dictadura, que será bienvenida por el gran capital financiero internacional y las potencias occidentales. Aquí no vendrá ninguna cachucha a “profundizar el socialismo”. La cachucha vendrá a lo que vienen las cachuchas: a “imponer el orden”.

Por eso es tan importante evitar una solución de facto. Pero para que ella sea viable, el Gobierno debe evitar llevar la situación al límite, tensar la cuerda hasta casi romperse como lo hace ahora. Es necesaria una rectificación, pero no la veo por ninguna parte. Pero no importa: Dios proveerá.

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