Si de algún tema tiene pertinencia su discusión es el de la universidad venezolana. De casas que vencían las sombras han devenido en instituciones amorfas, anquilosadas. Conducidas por unas autoridades que, además de ser ilegítimas, carecen de planes y programas, desvinculadas de la sociedad, colocadas a espaldas de los nuevos tiempos. Pero que, gracias al esfuerzo individual y de los grupos y centros de investigación existentes en ellas, aún son instituciones en las que la producción, la difusión y la utilización del conocimiento sigue siendo su deber.

Universidad de Los Andes

No es hora de hacer historia, pero, necesario es recordar que ello no ha ocurrido por una simple casualidad. Tal situación es el resultado de una concepción política que se apoderó del país en los años ochenta de la centuria pasada. La onda neoliberal, con su tesis de la muerte de las ideologías, instaló en ellas el más vulgar pragmatismo. Para ser autoridad, en cualquiera de sus niveles, la experiencia y el conocimiento fueron dejados de lado, se instauró el clientelismo, se generaron vínculos de afinidad electoral determinados por un “familismo” amoral, por un amiguismo y compadrazgo lleno de complicidades por los favores recibidos. Conquistar el voto, no importa cómo ni para qué, se convirtió en la mayor preocupación de quienes aspiraban a alcanzar los niveles de dirección universitaria. Para ser autoridad rectoral o decanal ya no es necesario ser Maestro, haber hecho Escuela, ser reconocido con respeto, el principio de Autoritas fue borrado del léxico universitario, se perdió la ética, se dejaron de lado los valores morales, hay autoridades sin doctorados, que nunca han investigado, nadie les conoce una obra escrita, nada le han aportado al saber y al conocimiento. La Academia dejó de ser Académica.

Esta situación no ha sido enfrentada al interior de nuestras universidades, quienes tienen una opinión crítica y de rechazo a esta praxis sienten temor de que sobre ellos caiga, como espada de Damocles, una feroz persecución. Incluso el Ejecutivo Nacional está entrampado, al hacer de las elecciones de autoridades universitarias un problema jurídico cuando es un asunto político. En tal sentido, el artículo 109 de la Constitución Bolivariana es sumamente preciso al determinar quiénes integran la comunidad universitaria. Y, no es necesario ser un docto en Ciencias Jurídicas, para saber que ninguna Ley está por encima de la Constitución. Como resultado de este error, las actuales autoridades universitarias, a través de la manipulación de buena parte de sus miembros, han convertido a nuestras casas de estudio en centros de desestabilización del sistema democrático nacional.

En Mérida, un grupo de profesores convocados por la Academia de Mérida, presidida por el Dr. Roberto Rondón Morales, hemos emprendido la noble tarea de “Pensar la Universidad”, más de dos años llevamos en ello. Como resultado de estos encuentros, estamos concluyendo un Proyecto Marco de Ley de Universidades, el cual esperamos presentar a la comunidad universitaria y a quienes tengan interés en el tema, para su discusión y enriquecimiento.

Pensar la Universidad no es tarea fácil. Son muchos los intereses que están en juego y que corren el riesgo de perderse, con su transformación. Como principio general decimos que la Universidad debe ser una institución al servicio del pueblo. Democrática y autónoma. Dedicada a la búsqueda del conocimiento a través de la investigación científica, humanística y tecnológica, para beneficio material y espiritual de la Nación. También aspiramos a pensar permanentemente al país como un trabajo de “memoria asociativa y colectiva”, con miras a mantener viva la llama del conocimiento de nuestro proceso histórico, para evitar que su olvido conduzca a la conformación de una ciudadanía amnésica, conducta incubadora de la pasividad y el conformismo.

La Universidad venezolana tiene que ser una institución creadora de cultura. Debe hacer de la educación un derecho humano y un deber social fundamental, porque la educación es un acto de la vida para la vida, cargado de hermosos sueños, llena de afectos, en los que se ejercitan las experiencias de un “nosotros” que es trascendente a todo individualismo. Formadora y crítica.

La Universidad venezolana del futuro tiene que ser distinta a la de los tiempos pasados. Le otorga a las cosas positivas una gran importancia, son parte de su legado y su riqueza. Entiende que los aportes heredados, a través del desarrollo científico y tecnológico, deben servirle para el emprendimiento de nuevos inventos, propios, nacidos en nuestra patria, lo cual le impone superar las prácticas imitativas y copistas. Debe entender, asimismo, que vivimos una época distinta. Y ello es posible si la Universidad es concebida como una institución dinámica, cambiante, por tanto, no perfecta. Que, por su carácter multidimensional, tiene que conjugar la jerarquización vertical de sus autoridades, con el funcionamiento horizontal de sus actividades académicas, de investigación y extensión, para lograr sus cometidos institucionales.

La Universidad venezolana, por ser productora de conocimiento y para poder colocarse de cara a los nuevos tiempos, tiene que tener entre sus propósitos fundamentales la redefinición de su vínculo con la sociedad, de manera particular con el sector productivo, generando conocimiento para la producción. Su rol de ductora de la sociedad del conocimiento, le otorga a las universidades el papel de promotoras e impulsoras del desarrollo nacional y regional.

La Universidad venezolana es un proyecto en permanente construcción.

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