Señores de la  oposición vociferante que se las sabe todas y descalifica el diálogo: ¿Pueden enumerarme sus éxitos en estos quince años de atajos?  Porque, que yo recuerde, todos han terminado en una anchurosa calle ciega. No ha tenido el Gobierno un mejor aliado que el energumenato antichavista.

Fue esa minoría ruidosa y movilizada la que forzó el golpe del 11 de abril de 2002. Hoy, hace doce años, una inmensa manifestación popular sirvió de ariete para que penetraran en Miraflores los barones del capital. A los dos días Hugo Chávez fue repuesto en el poder y aprovechó la voltereta para identificar a sus enemigos en los cuarteles. Con la colaboración de esos histéricos, Chávez exfolió el bosque verde olivo para que los oficiales rebeldes quedaran al descubierto. Los cazó uno por uno hasta casi extinguirlos. Agotaron, prematuramente, la salida militar, que les habría servido en su próxima aventura.   

Lamentablemente para la oposición, los ultrosos no escarmentaron. Apenas seis meses después tiraron la parada de la Plaza Francia, abrebocas del paro indefinido. Desde Altamira  se despreció la mediación de la OEA y a la Mesa de Negociación y Acuerdos. De colaboracionistas no bajaban a los actores políticos que buscaban una solución pactada a mediano plazo. Chávez tenía que caer, y tenía que caer ya. “La Salida”, pues. Para eso apagaron el país. Se les olvidó que ya no tenían militares que inclinaran la balanza y la huelga murió de inanición. El chavismo se valió del fracaso del llamado “paro cívico” para tomar “La Colina de PDVSA” y  limpiarla de opositores, al mismo tiempo que desarticulaba a la CTV. Desde entonces tenemos una PDVSA “roja rojita” y un movimiento sindical cooptado por la Revolución. El expediente del paro insurreccional debió ser engavetado, que hubiera podido funcionar más adelante.         
  
Cada una de estas victorias robusteció la popularidad de Chávez, que iba en picada cuando la oposición le hizo el servicio de tomar los caminos verdes.  El chavismo pudo reagruparse y ganar el revocatorio de 2004. Muy posiblemente lo perdía si sus adversarios, en vez de de precipitarse, hubieran jugado la carta del desgaste. ¿La penitencia? Más chavismo.

Pero no aprendieron. En 2005, los radicales impusieron, una vez más, su agenda: no votar. La oposición no participó en las elecciones parlamentarias y la Asamblea Nacional fue chavista por completo. Mientras, el antichavismo ultramontano celebraba como triunfo el bajo índice de participación que “deslegitimaba al régimen”. Solo que el régimen seguía allí y sin estorbo alguno moldeó unos poderes públicos a su gusto. Han debido condecorar a Patricia Poleo y a Antonio Ledezma, que, posando de intransigente,  encabezó el abstencionismo para luego aceptar gustoso ser candidato y alcalde cuando fue evidente que el forfait electoral no sirvió para nada. Sin ruborizarse, se pasó al bando de los “colaboracionistas”, los “tontos útiles” que  creían que “las dictaduras salen con votos”. Los buscó con ahínco, tanto, que ganó.  

Con todos estos antecedentes vuelvo a preguntarles a los “duros”, a los “irreductibles” a los que “no negocian los principios” :   ¿Qué les hace creer que la guarimba tumbará a Maduro? No hay militares que den golpes, ni gerentes que paren PDVSA, ni obreros que detengan al país. Ustedes podrán desear con toda el alma que Maduro se vaya ya, pero no hay forma de hacerlo ir. En cambio los “traidores” que en 2007 le ganaron un referéndum a Chávez y en 2013 casi vencen a Maduro, al menos pudieran intentar hacer más respirable el aire para los ciudadanos de oposición. Entonces, y con esto termino, ¿Quiénes son y dónde están los verdaderos colaboracionistas? Me parece que se esconden en las barricadas.             

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