Sin aumentar la gasolina, sin liberar precios, sin desmontar el control cambiario, es decir, sin haberse atrevido a hacer los traumáticos correctivos que se necesitan para sacar a Venezuela de la postración, Nicolás Maduro es rechazado por 59,2% de la población, según el más reciente estudio demoscópico de la firma Datanálisis. Su evaluación positiva cayó en picada en cinco meses, desde 50,4%  en noviembre hasta 37% en abril. En otras palabras, El Presidente quemó su popularidad por nada. De haber sido más corajudo, o más sensato, su sacrificio no habría sido en vano. Al menos iríamos por el camino correcto.

Ahora el jefe del Estado encarará, inmunosuprimido, la reacción alérgica de la gente ante unas medidas que, a la corta o a la larga, deberá tomar si quiere evitar un colapso general y que la Revolución, y la República, se vayan al diablo. ¿Y saben qué es inestable? Un gobierno tomando decisiones dolorosas sin piso político que lo soporte. Es una invitación a la anarquía. Como si no fuera suficiente la que ya hay.

Este era el año propicio para el gran viraje madurista. Sin elecciones por delante, y luego de un triunfo en las votaciones  municipales, se presentaba la gran oportunidad de hacer lo correcto sin riesgo de perder poder. Pero la guarimba ha succionado todas las energías mientras Maduro se bebía el modesto apoyo  que conservaba. Ahora, 59,1% de los venezolanos quiere deshacerse de él, ya mismo o como mucho en dos años, cuando pueda convocarse un referéndum revocatorio. En un contexto tan desfavorable, el chavismo ensaya una jugada osada: destetar a Maduro del mito Chávez,  ponerlo a caminar solo.

 La estrategia es visible en las calles, sembradas de gigantografías a todo color con la imagen del sucesor y el mensaje: Maduro es pueblo. Sale Maduro bateando, besando viejitas, en olor de multitudes. En esas vallas no aparece el líder supremo por ninguna parte. Es obvio que el objetivo es darle a Maduro un perfil propio, crearle un liderazgo, escribirle su propio guión.

Es una buena idea. Sin Chávez, el chavismo es nostalgia en el poder. No hablo, naturalmente, de la camarilla que ordena. Me refiero a la base popular, al chavismo emotivo, al señor del barrio, al campesino que lleva la boina cosida al alma. Esa gente se siente huérfana ante la ausencia del líder supremo y las carencias del heredero. Y resulta ser que es la esperanza en el futuro, y no la nostalgia por el pasado, la que mueve masas y se impone en las urnas. Hasta ahora, al chavismo le ha rendido la memoria del Comandante, pero no le durará para siempre. Bastantes batallas ya ha ganado Chávez después de muerto. El ardid tiene un límite y así parecen entenderlo los asesores de Maduro, quien, por más limitado que luzca, es el que está. El riesgo radica en el momento cuando deciden emancipar a Maduro de su padre político.   79,5% de los ciudadanos manifiestan descontento con la situación del país, un malestar que golpea a Maduro sin amortiguación alguna porque Chávez no le legó el teflón. Soltarle la rienda a Nicolás ahora equivale a abandonar a un lactante en la Francisco Fajardo. Deficitario de  gracias propias, a Maduro le va a tocar  escudarse en Chávez para tratar de aguantar el tifón que se avecina. Para independizarse, sin morir en el intento, Maduro, desprovisto de verbo y carisma, necesita una gestión que mostrar. Y no la tiene.

Pudiera empezar por mostrar algo de voluntad  en pro de reactivar las agonizantes conversaciones con la MUD. Por su propio bien, el Gobierno debe procurar que en las mesas de diálogo, la económica y la política, se logre algo. Y no es tan difícil. No se pide, ni se desea, que Maduro claudique ante la burguesía ni que se rinda ante las multinacionales. Solo que desanude la soga sobre el cuello del empresariado y lo deje vivir sin que sea este el que imponga las reglas. Yo, en lo personal, le pediría que mirara hacia los otros países del Alba. Ninguno de ellos, ni la Cuba marxista-leninista, marcha hacia donde va Venezuela.  Cuba, al contrario, viene de regreso. Ni Rafael Correa, ni Evo Morales, ni Daniel Ortega se dejaron cooptar por el imperialismo ni el gran capital, pero entendieron que los hombres de negocios son indispensables en una economía sana y una sociedad viable con progreso sustentable e irreversible. Eso no es arriar las banderas del socialismo. Es solo sentido común.

En el diálogo político no es demasiado lo que el Gobierno debe conceder para que el país perciba que se avanzó. No precisa bajarse los pantalones y soltar a Leopoldo López. No es que va a renunciar. Liberar a Iván Simonovis implica un costo político microscópico para Maduro y en cambio lava su dañada imagen en el mundo. Para Miraflores sería un cataclismo que Simonovis muera en prisión. Es un riesgo que el Ejecutivo no tiene que correr. Si lo liberan ahora no parecerá una señal de debilidad, sino un gesto de magnanimidad. Excarcelar a los jóvenes guarimberos (no a los degolladores de motorizados ni a los francotiradores que matan agentes de seguridad) también daría dividendos políticos. Se alivia un poco la presión, se le da a la oposición racional un éxito que mostrar a sus seguidores y se “normaliza” el país, condición sine que non para que la economía se reactive, lo que, a su vez, le corta los suministros al antichavismo hidrofóbico. No olvidemos que Chávez dejó ir a unos tipos que, supuestamente, eran paramilitares colombianos que venían a matarlo. Privó el cálculo político. Así debe ser ahora. Así, solo así, Maduro podrá ser pueblo.

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