PUNTO-DE-ENCUENTRO-WEB

Desde hace rato, el tema de la ineficiencia de nuestros cuerpos de seguridad, ocupa y preocupa a buena parte de los venezolanos. Así se planteó que el problema estaba en la ley que les constituye y entonces se sancionó un nuevo marco jurídico para su creación, funcionamiento y desarrollo, pero no se solucionó el problema. También se argumentó que el problema estaba en su formación y entonces se creó la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES), dándole rango académico universitario al proceso de formación policial, pero tampoco se resolvió el asunto. Le tocó el turno al equipamiento y dotación, se aprobaron enormes cantidades de dinero para comprar en el extranjero los mejores equipos, armamentos, radiotransmisores, sistemas de cámaras y vehículos, pero tampoco se logró que nuestras policías funcionaran cada vez mejor y con honestidad. Luego vino el tema de la “coordinación policial” y una medida que pocos podrían atacar, se estableció orden en el proceso de cooperación, desarrollo de actividades conjuntas y protocolos de atención de emergencias y salvo por la mejora metodológica para la atención de algunos casos, el comando quedó como otro buen intento poco efectivo. Entonces se plantea algo muy interesante: ¿no será que el problema está en el hombre y la mujer, en el ser humano, es decir que hay policías buenos y policías malos?, y de inmediato la excusa: “es que nuestros policías están mal pagados y viven en el barrio junto a los malandros, hay que aumentarles el sueldo y sacarlos del barrio”, y me pregunto: ¿es que acaso el resto de hombres y mujeres trabajadores, profesionales inclusive, que viven en el barrio, que en muchos casos ganan sueldo mínimo, no conviven también en un ambiente inseguro, con malandros y además son víctimas permanentes de sus fechorías? ¿Por qué sería distinto el funcionario policial al resto de funcionarios de los cuerpos de seguridad?, siendo así, nuestros bomberos no apagarían incendios por sus sueldos y por el lugar donde habitan, o los funcionarios de protección civil poco ayudarían en desastres; el argumento es débil porque obvia un problema cultural fundamental que desde hace rato hace mella en nuestra sociedad: en Venezuela existe la creencia, y, desafortunadamente, la práctica de que los trabajos ligados a la autoridad dan poder para hacer lo que le venga en gana a quien lo ocupa, ser funcionario policial se ha convertido para algunos en una patente para violar la ley tras la fachada perfecta de ser quien precisamente debe garantizar su cumplimiento. Ahora que se busca nuevamente reformar la policía y hacerla más eficiente, efectiva y honesta, sería oportuno que antes de buscar culpables en todos lados, la naciente Comisión Presidencial se pregunte: ¿qué buscan los hombres y mujeres que se forman para ser policías, servir a la sociedad o tener el camino expedito para controlarla a su antojo?

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