El agua en la escena del cambio climático mundial

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El mundo soportó una cantidad sin precedentes de desastres meteorológicos cuyo costo fue de 1.000 millones de dólares. Casi todos estos fenómenos estuvieron vinculados con el agua: ya sea inundaciones, sequías o daños productos de ciclones, a medida que el avance del calentamiento global se hace más patente en nuestro planeta, sus efectos son más perceptibles dentro del ciclo hidrológico, motivo por el cual los científicos pronostican períodos de sequías e inundaciones más prolongados, aceleración de la fusión de los glaciares y cambios drásticos en los patrones de precipitación y nieve. El crecimiento demográfico acelerado a nivel planetario y la mayor eficacia tecnológica de las sociedades humanas han aumentado el impacto que estas tienen sobre la naturaleza en general, y sobre los sistemas hídricos en particular. Este impacto se relaciona, en primer lugar, con el uso y abuso directo del agua con fines productivos, higiénicos o fisiológicos. En segundo lugar, las actividades humanas generan impactos indirectos de diverso tipo sobre los ecosistemas acuáticos, la dinámica geológica y geomorfológica y otros elementos del ambiente. La forma como se produce esta influencia depende del tipo de organización social, de los sistemas productivos, de los valores y formas de sentir y de los comportamientos, tanto individuales como sociales. Las grandes ciudades consumen enormes volúmenes de agua. Los Ángeles, Ciudad de México, Tokio y Buenos Aires, cuatro de las ciudades mayores del mundo, utilizan de 50 a 150 metros cúbicos de agua por segundo. También la densificación de la población en muchas áreas rurales creó una demanda de agua creciente y concentrada. Su consumo para propósitos agrícolas, domésticos, industriales y otros, se expandió muy rápidamente; en el ámbito mundial se construyeron miles de represas, se perforaron innumerables baterías de pozos y se extraen las reservas naturales a un ritmo sin precedentes. Grandes volúmenes de aguas “usadas” de mala calidad se retornaron al ambiente causando degradación generalizada de los cursos de agua, lagos y acuíferos. Al mismo tiempo se fue extendiendo la construcción de obras hidroeléctricas y embalses para la irrigación. Si bien la construcción de represas con fines de generación de energía produce modificaciones relativamente menores, puede tener un impacto muy importante en los ecosistemas acuáticos fluviales. Ello se debe, fundamentalmente, a la obstrucción de las rutas de migración de muchas especies que habitan dichos ambientes.

El proceso de represamiento fluvial, que empezó a fines del siglo XIX ha continuado en forma incesante y hoy son escasos los cauces fluviales de cierta importancia que fluyen libremente desde sus cabeceras hasta la desembocadura. Los costos económicos y sociales de estos problemas ambientales son enormes y de difícil evaluación. Si bien estos desastres afectan a la población en su conjunto, no hay ninguna duda de que los sectores más vulnerables son las comunidades urbanas pobres. Ellas carecen de recursos para adquirir agua embotellada, perforar sus propios pozos, instalar una bomba con su generador o establecer sus sistemas de tratamiento o filtros. Tampoco disponen de los medios para mudarse fuera de los barrios superpoblados e insalubres de la ciudad. Este proceso se desarrolló a escala mundial a principios del siglo XX y todavía no se ha detenido. En la actualidad, al comenzar el siglo XXI, su crecimiento prosigue sin cesar. El 2014 comenzó siendo uno de los años más extremos en cuanto a temperaturas y fenómenos climatológicos en toda la historia y uno de los más calientes. En Australia y Argentina se batieron récords de calor mientras que en EEUU se batieron récords, pero de frío. En algunas zonas como en el sur de México, las inundaciones causaron gran devastación y en otras las grandes sequías fueron las protagonistas. El cambio climático y su influencia en los recursos hídricos globales son una amenaza a la seguridad y prosperidad mundiales de la misma manera que lo son el terrorismo, las epidemias, la pobreza y la proliferación de armas de destrucción masiva.

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