Bombas a Hiroshima y Nagasaki

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A partir de las 8:15 de la mañana del 6 se agosto de 1945 una nueva página de horror se escribió en el mundo. Si bien es cierto que la rendición no estaba entre las cuentas del imperio japonés, habría que evaluar si realmente era necesario llegar a estas instancias de destrucción y horror.

La justificación para Estados Unidos fue, en primera instancia, hacer ver que las bombas, denominadas “Little Boy” (“Niño Pequeño”) y “Fat Man” (“Hombre Gordo”) sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki habrían puesto fin a la guerra, evitando la muerte de más de un millón de estadounidenses.

“Little Boy” estaba compuesta por unos 60 kilogramos de uranio altamente enriquecido y se cree que estalló a unos 580 metros del suelo, creando una onda expansiva que mató en forma inmediata a unas 70.000 personas.

Sin embargo, el historiador Barton Bernstein señala que el mando militar estadounidense predijo a mediados de junio de 1945 que la invasión de Japón, fechada para el 1 de noviembre, resultaría en 193.000 víctimas de EE.UU., incluidas otras 40.000 muertes.

Por su parte, el profesor de Historia de la Universidad de Buenos Aires especializado en el Holocausto Abraham Zylberman señaló a la agencia Télam que lo sucedido en Hiroshima “es el equivalente al Holocausto de Europa en el Pacífico. Eso que dijo Estados Unidos, que la bomba evitó que continuara la guerra, habría que tomarlo con pinzas”, expresó.

“Fue un hecho criminal. ¿Qué culpa tenía la población civil? Es cierto que Japón no se iba a rendir, porque de acuerdo a la mentalidad imperial había que derrotarlos en el campo de batalla. Japón tenía otra mentalidad, otra forma de vida”, afirmó.

Según un documental de National Geographic, el hongo nuclear alcanzó los 16 kilómetros de alto y se extendió a lo largo de cinco kilómetros de la ciudad, destruyendo o dañando a más de 60.000 edificios, lo que suponía el 67% de las construcciones de entonces.

Como si hubiese sido poco, tres días después la Casa Blanca lanzó una segunda bomba sobre Nagasaki, que mataría a otras 70.000 personas.

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Se estima que ambas bombas provocaron finalmente la muerte de unas 292.325 personas, pero las consecuencias no terminarían ahí, pues gracias a estas perlas de horror, liberadas por decisión del presidente de Estados Unidos Harry S. Truman, los habitantes de estas capitales continúan sufriendo un sinnúmero de enfermedades, muchas de ellas degenerativas, con malformaciones, entre otras, por la reacción nuclear en cadena provocada por la fusión de isótopos de hidrógeno.

Otros políticos y analistas han considerado que el objetivo que realmente buscaba Estados Unidos con el lanzamiento de las bombas atómicas, no era el que Japón se rindiera, sino intimidar a la humanidad, en especial a la Unión Soviética, mostrándole la capacidad destructiva de la que era poseedor, advirtiendo que habría surgido un nuevo imperio.

¿Realmente hubo advertencias?

Uno de los mitos más sonados en relación a estos hechos menciona que EE.UU. lanzó octavillas sobre muchas ciudades japonesas, instando a los civiles a que huyeran antes de atacarlos con bombas convencionales. Las octavillas advertían de una “destrucción rápida y completa” y “lluvias devastadoras desde el aire, nunca antes vistas en la Tierra”.

Estos hechos frecuentemente se citan en debates sobre el bombardeo atómico. Sin embargo ninguna de las ciudades escogidas como objetivo de ataque nuclear fue advertida antes.
Según cita Rusia Today en su portal web, la omisión fue deliberada: impedir que las defensas interceptaran a los aviones portadores de las bombas nucleares.

Nueva era nuclear: Llegó para quedarse

En la actualidad crecen los debates sobre si fue necesario o no, o si existían otras alternativas que, valga aclarar, la historia ha demostrado que sí las hubo. No obstante, ni dichas discusiones, ni las tertulias intelectuales darán vuelta atrás, impidiendo el eterno daño causado por estas armas de gran poderío. Hasta el momento hay un solo hecho cierto: La era nuclear está aquí.

La amenaza nuclear regresó a la agenda mundial y ya no es un solo país el que tiene el poder para desarrollarla.

Corea del Norte, por ejemplo, ha centrado sus esfuerzos de defensa en desarrollar un arsenal destinado a disuadir una invasión como la que sufrió Irak en 2003. Según The Economist, Corea del Norte cuenta con diez de estos artefactos. A esta nación se le suman países del Medio Oriente, con sus respectivas tensiones.

Para lo que sí sirvieron “Niño Pequeño” y “Hombre Gordo” fue para comprobar la dimensión y fuerza de la explosión atómica, las consecuencias directas e indirectas de la radiación en el reino animal y vegetal, así como los estragos materiales que esta fuerza es capaz de causar, gracias a la reacción nuclear en cadena provocada por la fusión de isótopos de hidrógeno.

Sugerencias fallidas

Los desarrolladores de este tipo de armamento le sugirieron al mandatario estadounidense que les advirtiera explícitamente a los japoneses sobre las características de esa nueva arma.
También, le propusieron realizar una explosión en un área remota y desértica que les permitiera a sus enemigos apreciar sus efectos, sin que los civiles tuvieran que padecerlos. Lamentablemente, no fueron escuchados.

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