La caída en desgracia de los combustibles fósiles

No se puede decir que la humanidad en su conjunto sea, a la hora de tomar decisiones, un actor rápido o racional, y muchas evidencias podrían, de hecho, sugerir lo contrario. Pero en el largo plazo, algunas cuestiones parecen alcanzar un cierto nivel de madurez que lleva a un nivel de consenso cada vez más elevado, y a un conjunto de decisiones colectivas que indican y presagian cambios fundamentales en el mundo.

Este es, fundamentalmente, el caso de la desinversión en activos de compañías de combustibles fósiles: el pasado día 12 de julio, Irlanda anunció que su fondo soberano, que gestiona unos 8,000 millones de euros en inversiones, había tomado la histórica decisión, apoyada por la totalidad del arco parlamentario, de deshacerse lo antes que fuese prácticamente posible de todas sus posiciones en compañías de carbón, petróleo o gas. Irlanda se convierte con esta decisión en el primer fondo soberano que toma esta decisión: Noruega, país productor de petróleo y mayor fondo soberano del mundo, anunció en abril de 2016 que dejaba de invertir en una larga lista de compañías y grupos dedicados a la explotación del carbón, y lleva tiempo planteándose dejar de hacerlo en compañías petroleras y de gas, con cuya explotación, paradójicamente, constituyó la gran mayoría del fondo.

Las razones alegadas para dejar de invertir en este tipo de compañías son evidentes: las reservas existentes de combustibles fósiles son mucho mayores de lo que se podría llegar a quemar sin dar lugar a un cambio climático catastrófico, y por tanto, continuar con la exploración y producción de combustibles fósiles es moralmente erróneo y económicamente arriesgado. El movimiento de desinversión en compañías de combustibles fósiles se acelera cada vez más, e incluye ya a importantes fondos de pensiones, a grandes compañías de seguros como AXA, a ciudades como Nueva York, a la iglesia católica, o a fondos de universidades como la de Edimburgo o la de Glasgow, entre otros muchos. Algunos, como la ciudad de San Francisco, pretenden llevar el tema más allá, y no limitarse simplemente a desinvertir, sino incluso llevar a algunas de estas compañías a los tribunales debido a los posibles efectos que el cambio climático tiene y amenaza tener sobre su territorio.

El movimiento de desinversión en activos de compañías de combustibles fósiles empieza ya a acumular ya una historia plagada de momentos importantes, como cuando los herederos de Rockefeller, que hizo su fortuna gracias a la extracción de petróleo, anunciaron que se disponían a desinvertir en compañías de esta industria. La página Go Fossil Free, que ha tenido gran importancia a la hora de proporcionar elementos a muchas instituciones norteamericanas para tomar esta decisión, mantiene un listado de 837 instituciones e individuos que ya se han comprometido a llevar a cabo desinversiones integrales, y afirma que el ritmo de crecimiento de ese listado se ha duplicado desde el comienzo de la página en el año 2014 – aunque sigue sin haber ningún representante español. En cada vez más países del mundo, la decisión de no invertir en compañías de combustibles fósiles se convierte cada vez más en parte de la responsabilidad social corporativa, en una manera de mostrar sensibilidad por el problema más importante que tiene el mundo actualmente, en una forma de ofrecer una imagen amable… menos en unos pocos como España, donde la opinión pública permanece aún completamente al margen del tema.

¿Cuánto queda, como me preguntaba en noviembre de 2015, para que el hecho de quemar combustibles fósiles, un gesto tan simple como echar humo por un tubo de escape o encender una calefacción, se convierta en algo moralmente inaceptable? Las medidas que ya empiezan a convertirse en habituales en compañías e instituciones deberían generalizarse también en inversores individuales, como parte de un compromiso serio con algo cuya importancia todos conocemos, pero contra lo que pocos se muestran dispuestos a tomar medidas, como si fuera algo prescindible o no importante. Las compañías de combustibles fósiles son las nuevas tabaqueras, del mismo modo que pronto lo serán todas las que consumen sus productos, como las automovilísticas que no se comprometan a electrificarse o las eléctricas que mantengan su cartera de centrales térmicas, entre muchas otras. La presión social en este tipo de tema debe seguir creciendo, generalizarse a todos los países del mundo, y convertirse lo antes posible en un verdadero motor de cambio. Los combustibles fósiles como parte de una historia y de una época que nos trajo hasta donde estamos, pero que debemos cerrar lo antes posible.

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